PACTO
DE GOBIERNO PSOE-PRC
Pacto de gobierno PSOE-PRC
La respuesta a esta pregunta la tendremos en la próxima legislatura.
Mientras tanto solo nos cabe reseñar la importancia del cambio político
propiciado en Cantabria por la firma del pacto de gobierno entre PSOE
y PRC. Ese día, el 5 de junio de 2003, pasará a la historia de este país
como el día en que la estratégica jugada del líder regionalista, Miguel
Ángel Revilla, posibilitó la formación del primer gobierno progresista
en Cantabria desde 1937 (si exceptuamos la breve etapa del Gobierno de
Gestión presidido por Jaime Blanco en el lejano año 1991). Y es que 66
años de gestión autocrática de la derecha pesan como una losa en una sociedad
políticamente tan inmadura como la cántabra. Pero también pesan en la
propia mentalidad de la derecha. A partir de ahora el PP, un partido hecho
para gobernar, necesitado del gobierno para mantener el tejido de intereses
creados del que viven muchos de sus miembros, tendrá que acostumbrarse
a calentar los sillones de la oposición donde el propio Revilla les advirtió
que “hace mucho frío”.
La opinión de un cantabrista responsable
No es para menos hablar en términos casi revolucionarios.
El PRC transformado en vencedor moral de unas elecciones que, a priori,
eran propicias para el ascenso de un PSOE (que había hecho de los brazos
caídos su mayor defecto), ha logrado lo que era impensable hasta el pasado
25-M, colocar a un regionalista como Presidente de Cantabria. Por otro
lado, el PSOE liderado por Lola Gorostiaga, en un contexto de enorme deterioro
del PP por la Huelga General, la crisis del Prestige, las movilizaciones
contra la LOU o la guerra de Iraq, y con un censo electoral que crecía
con 8000 nuevos electores, no ha sido capaz de revalidar los votos de
1999. Más bien al contrario, ha sido capaz de bajar 4 puntos respecto
a los anteriores comicios, caso único en el conjunto del Estado español.
Este hecho es lo que nos llevaría a intuir un cierto sentimiento de vergüenza
que habría convencido al PSOE de la conveniencia de firmar este pacto
ante la impotencia para desalojar al PP de otra forma.
Haciendo un seguimiento de los acontecimientos que
rodearon la firma del acuerdo de gobierno, da la sensación de que la característica
principal de este pacto ha sido la sorpresa. Nada más alejado de la realidad.
La única sorpresa de este acontecimiento se la llevaron los populares,
tan confiados como estaban de obtener la deseada mayoría absoluta que
a punto estuvieron de saborear en 1999. Si algo nos enseña la historia
es que, por un lado, no se puede menospreciar al electorado, pero por
otro, que tampoco te puedes fiar de tu socio de gobierno. Menos aún si
tu socio es el político más veterano de Cantabria y además aspira a asumir
la presidencia del ejecutivo como condición para reeditar el acuerdo de
gobierno. Revilla es en estas cosas en las únicas en las que no suele
tirarse faroles. Visto esto es de entender la incertidumbre del Partido
Popular ante un panorama que se pintaban azul y resultó verdirrojo. Fruto
de esta confusión nacen los nervios y las intentonas de reproducir en
Cantabria la crisis de la Asamblea de Madrid.
Por otra parte el pacto nacido el 5 de junio goza
de toda la legitimidad que le otorga una Ley Electoral diseñada para beneficio
de los partidos mayoritarios. Recordemos que esta es la ley que en Cantabria
exige un 5% de los votos para entrar en el Parlamento (hasta hoy IU ha
sido la formación más perjudicada), que concede las ayudas económicas
a los partidos que menos las necesitan o que consagra el sistema d’Hont
en la adjudicación de escaños. De manera que poner en duda la legitimidad
de este acuerdo no puede significar otra cosa que cuestionar la propia
legitimidad de la Ley Electoral. Si en estos momentos el sistema electoral,
dicen los populares, les ha perjudicado tanto por el pacto como por los
escaños adjudicados (recordemos que el PP tuvo 11.000 votos más que en
1999) ¿no querrá indicar a los partidos parlamentarios la necesidad de
reformar una ley anticuada que no ayuda en la democratización de la vida
política?Tanto el duro enfrentamiento entre el PP
y el PRC durante la precampaña a raíz de la aprobación del POL, como la
campaña sin discursos ni mítines hecha por Martínez Sieso, eran señales
que avisaban de un engreimiento de los populares que ponía en peligro
la reedición del anterior pacto. Por eso en círculos reducidos de la ciudadanía
cántabra crecía, poco a poco, la sensación de poder ver un presidente
de Cantabria que no fuese del PP. Finalmente la presunción se convirtió
en realidad y he aquí que Miguel Ángel Revilla vislumbró la posibilidad
de cumplir su sueño. Pero es en el juego de las ocasiones propicias donde
hay que buscar la explicación a este pacto de gobierno. Y esa ocasión
propicia llegó con el enfrentamiento entre familias de la burguesía santanderina
por el Centro de Ocio del Racing. Pero junto a ello las propias ambiciones
personales de un Miguel Ángel Revilla dispuesto a cumplir el papel que
en su día cumplió Juan Hormaechea, es decir, ser el elemento aglutinante
entre las distintas facciones de la derecha en Cantabria. Pretensión esta
muy legítima pero que nos introduce en otra cuestión. La derechización
que ello comporta en el discurso de Miguel Ángel Revilla y que, en un
hombre de su escasa formación política, solo nos puede remitir a un tenebroso
lugar: las Obras Completas de José Antonio. ¿Es necesario hacerlo, Sr.
Revilla, para ocupar el espacio dejado por el PP?
Y llegados a este punto el lector se preguntará porqué
no hemos tratado ya el contenido de dicho pacto. Pues sencillamente porque
poco se puede decir. Como todo pacto de gobierno no consiste nada más
que en un reparto de poderes entre los partidos firmantes, una declaración
de intenciones seguida de un compromiso de no agresión por cuatro años.
A nuestro entender solo hay dos cuestiones a resaltar: una mayor sensibilidad
social y medio ambiental del nuevo ejecutivo, por un lado, y la mejor
cualificación personal de sus miembros, por otro.
Pero a los ojos de un ciudadano/a cántabro/a cualquiera
hay otro punto de este acuerdo que destaca poderosamente:la ausencia
de un proyecto político propio para Cantabria. Lo cual ayuda a extender
entre los sectores sociales más cantabristas la sensación de estar perdiendo
otra oportunidad histórica. No ya la de caminar por la senda de la soberanía
política. Nos referimos a la de avanzar en el desarrollo del pleno autogobierno.
Este verano lo dijo la Vicepresidenta Lola Gorostiaga durante la convención
de su partido en Santillana, este gobierno no se plantea la reforma
del Estatuto de Autonomía. Es que tristemente este PSOE en 1978 tampoco
se planteaba la autonomía de Cantabria. Es en los contextos de necesidad
donde se aprecia la responsabilidad de l@s gobernantes con sus ciudadan@s.
Esta dejadez del nuevo gobierno es lo que nos lleva a calificar de irresponsable
su actitud respecto a la mera autonomía de Cantabria, pues ya no hablemos
de construcción nacional. Si en España se avanza hacia el reconocimiento
de su identidad plurinacional, pluricultural y plurilingüística, si en
Europa se avanza hacia el federalismo y el principio de subsidiaridad
o si en el mundo se reconoce el derecho de autodeterminación como recoge
la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos, ¿cómo se puede
justificar que Cantabria no desarrolle siquiera sus facultades como comunidad
autónoma? Quizás la pregunta más inmediata a la que tenga que responder
este nuevo gobierno sea otra: ¿Creen sus señorías en la existencia
del Pueblo Cántabro?
La respuesta debiera ser urgente porque lo que un
ciudadano/a medio de Cantabria no logra comprender es, si nos encontramos
en un clima favorable a la reforma de la Constitución española e incluso
se esté planteando la elaboración de una Constitución europea, en este
pequeño país del arco atlántico europeo campe el quijotismo entre su clase
política. “Como el Cid Campeador” parece la consigna. Y menos se entiende
cuando el eje central del discurso del presidente del Parlamento de Cantabria
en 2002, Rafael de la Sierra (del PRC), durante la celebración del XX
aniversario del estatuto, fue el “pleno desarrollo del Estatuto de Autonomía”.
Ojalá este debate no sea ahogado en Cantabria por el Pensamiento Único
como lo fueron otros anteriormente. Pero de no afrontarse tal y como exigen
los tiempos, no entenderíamos que este ejecutivo adoptase una actitud
que parecería más lógica en el Partido Popular. Porque nadie entiende
esta competición desatada por españolizar los discursos cuando, precisamente,
de lo que se trata es de preservar la identidad y derechos de un pueblo.
Salvo que claro está, la respuesta a nuestra pregunta de más arriba sea
la de que no creen en la existencia del Pueblo Cántabro.
Solo por el deterioro que produce la ausencia de
dicho debate en las bases sobre las que pivota este estatuto, merecería
la pena un esfuerzo responsable de este ejecutivo para no socavar sus
propias fuentes de legitimación como gobierno autonómico. Por que si este
proceso abierto culmina favorablemente y Cantabria no se suma a él, el
pacto suscrito por PSOE y PRC solo habrá servido para convertir este pequeño
país en la reserva espiritual del franquismo. Lo más fiel a la idea de
la Constitución y del Estatuto de Autonomía es su reforma, y por ello
el nuevo gobierno debe ser más progresista que los anteriores en lo social
y en lo nacional, y además no tener miedo a serlo.
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