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CANTABRIA, ESTADOS Y NACIONES


España es el nombre del estado (entre otros) formado durante la edad moderna, como la creación de una monarquía que unía a diversos pueblos bajo su gobierno, a naciones caracterizadas por el uso de lenguas autóctonas y costumbres jurídicas y sociales propias. En esta época era palpable la distinción entre nación y estado, conceptos éstos diferentes con los que definir una estructura política, el estado; que regía sobre comunidades culturales, las naciones.

Pero la expansión del modelo francés de estado-nación, surgido de la revolución francesa, nos ha venido sustrayendo la clara diferencia de estos dos conceptos. De esta forma, el estado contemporáneo de identifica jurídicamente con una sola de las comunidades que lo integran, condenando el resto de naciones a ser minorías con más o menos derechos, o a desaparecer dentro de un proceso de uniformación forzosa.

Hoy, principios del siglo XXI, recuperando los conceptos de estado y nación, nos damos cuenta que mayoritariamente, los estados actualmente son plurinacionales, y que después de cientos de años e incluso inmersos en un proceso de unificación política continental, las viejas naciones europeas subsisten y exigen participar en las decisiones tomadas dentro del marco estatal e incluso supraestatal.

La sensación de pertenecer a una comunidad humana y cultural y su reivindicación política, puede estar aletargada, ya sea bajo presión o una situación histórica determinada, pero es poco probable que desaparezca. Será formulada peor o mejor políticamente, de menor o mayor manera, pero siempre estará acompañando a los pueblos.

Las personas se construyen dentro de un contexto cultural, por lo cuál los derechos colectivos tienen razón de ser.

Este breve análisis sirve para el caso español, donde tras cinco siglos de historia común, no cabe duda que se han generado formas nacionales propias, pero también es cierto que éstas no han podido sustituir la realidad nacional de la periferia. Y dentro de esta realidad está Cantabria, que a pesar de ver como su personalidad histórica, cultural y lingüística ha sido marginada, sin embargo ha permanecido viva hasta nuestros días, y con esa personalidad y la pervivencia de la misma, lo que constituye a Cantabria como una nación. Pero además de esto, debe existir conciencia nacional de su propia especificidad colectiva, de su individualidad y diferenciación con respecto a otras comunidades humanas y el deseo de pertenecer a otras comunidades humanas y el deseo de pertenecer a tal grupo nacional consiguiendo la normalización con respecto a los pueblos que nos rodean. Está claro que no puede vivirse del pasado, y el hecho diferencial, ya sea lingüo-cultural o histórico-jurídico debe ratificarse en el presente, manifestando la voluntad de ser comunidad nacional.

El sentimiento de ser cántabro ha existido desde siempre, de una u otra manera según avatares políticos y la voluntad de demandar autogobierno ha sido una constante dentro de nuestra vieja historia.

En la realidad presente, hay que buscar un modelo adecuado, ese que compatibiliza el nacionalismo y la universalización , la tendencia diferenciadora y la unificadora. Hoy por hoy, nos damos cuenta que el pensamiento único y la globalización caminan de forma casi irreversible, el capitalismo, las comunicaciones, las organizaciones supraestatales...avanzan en esa dirección. Por lo tanto es necesario reforzar la otra tendencia, la propia, que corrija dialécticamente los excesos y deformaciones de la unificación, ya que ésta puede llegar a ser sutil y peligrosa.

Abocados a un mundo despersonalizado, acrítico y consumista, propiedad de unos pocos, es necesario fomentar las soberanías de los individuos, de las cultural minoritarias; en caso cántabro, a la normalización, sin que esto signifique renunciar a la construcción de marcos supraestatales.

Que Cantabria se construya dentro de una verdadera Europa de los pueblos y que la ‘mosqueante’ cobertura de cuatro nostálgicos anti-autonomistas tenga el efecto contrario al que pretenden. El pueblo cántabro tiene la palabra.